Encontré este cuadro por sorpresa, sin conocerlo, en la galería Thyssen, una de las más completas colecciones que existen del arte de los colores por excelencia. Allí, frente al lienzo, recreé mi mente en un desconocido París. Y me lo imaginé así, con el empedrado de sus calles brillando bajo la luz del cielo nublado.
Ví a Paris envuelto en colores en la alto de un monte habitado por miles de almas, envuelto en suspiros, sonidos de cantautores, preguntas y respuestas, lleno de vida y de sorpresas, latidos acompasados pero, aún así, ese cielo de París lloraba, igual que aquel cielo de la instantánea de esa calle en otro siglo inmortalizada, detenida en el tiempo; capturadas en un suspiro su luz y sus gotas de lluvia…
De allí, me llevé las lágrimas de París, bañadas en un delicioso color sepia, entre ramas deshojadas y sobre las aguas del Sena, para mantenerlas como testigo del encuentro en esas calles de los viejos corazones que aun laten, colgadas en una pared de mi casa.
Este cantautor escribió la canción, banda sonora de esta primavera mía, al despojar su alma del uniforme con el que danzaba en vela por tierras balcanes. Allá donde los hombres luchan, el corazón aún es capaz de concebir una melodía, y eso es algo que llega a los confines de una civilización en la que cada vez más se asume como inevitable el desentierro del hacha de la guerra.
Aunque no es una gran voz, este joven triunfa. Y es por ello, porque no es una gran voz, por lo que queda más cercana a mis propios registros…
… así que elegiré una canción de este long play para ver si las nubes me ridiculizan o si el sol sigue brillando para escucharme. Guitarra, ayúdame, por Dios…
Es la más pequeña de mis amigos… tiene dieciséis meses y se llama lara…a veces me mira extrañada pero en cambio, otras veces, me sonríe confiada. Quizás es una de tantas y tantas criaturas maravillosas que empiezan a abrir los ojos ante el mundo (y qué ojos, madre…). Pero tengo motivos para pensar que tiene en su todavía corta vida muchos, muchos detalles que la convierten en mágica… sencillamente especial.
Hay una cosa que le llama la atención a su abuela (de Lara): y es que Lara a menudo entona perfectamente la popular melodía de la célebre canción de las “campanitas del lugar”. ¡qué lista, que bién lo hace!
Cuando noemí, su mamá, estaba de dos meses, yo la llevé a una taberna irlandesa. En aquel rústico lugar unos músicos suelen juntarse para tocar, improvisando jam sessions de música celta... uno de ellos, Pedro, amigo mío, toca el violín en esas sesiones.
Pedro, en un corner de la taberna, dedicó un buen rato a enseñar a noemí a tocar una sencilla canción infantil con el violín, mientras yo ligaba con la camarera. Cuando al cabo de un rato noemí y pedro volvieron a la barra, y noemí empuñando el arco se colocó el violín en decúbito escapular se hizo un silencio en la sala: acto seguido la futura mamá interpretó perfectamente la melodía, esos primeros acordes de la canción “campanitas del lugar”
Todo esto que aconteció, salvo lo de la camarera, se lo conté ayer a la abuela de lara: “Eli: tu nieta, cuando era un fetillo de dos meses ya estuvo oyendo a tu hija tocando esa canción con el violín en una taberna irlandesa…”
El violín tiene una frecuencia que provoca resonancias curiosas en los auditorios… provoca una reacción neuro-auditiva única en la corteza cerebral de los humanos… de un modo único sus ondas sonoras ascienden por los vasos liberianos de las plantas y activan su fotosíntesis. Llega al corazón de las estrellas de mar… y a los oídos de un feto, aunque no estén desarrollados… La pequeña que iba a nacer en unos meses oyó a su madre tocar el violín: fue la esa canción lo primero que llegó clara y nítidamente a su cerebro, y se le grabó en su corazoncito. Y ahora que lleva tiempo desarrollando ya sus sentidos, Lara misma se encarga de, espontáneamente, convertir ese recuerdo en melodía, en su forma más natural. Lara, (siete+dieciséis=) veintitrés meses después, está respondiendo a la llamada de su mamá, para hacerla saber que, desde siempre, está dispuesta a aprender de toda su dulzura.
Infinidad de líneas podría yo dejar fluir en esta página con historias y detalles sobre esta banda musical británica que esta misma noche de jueves 19 de abril ha llenado de sonidos la sala Macumba en la estación de Chamartín. Pero lejos de pretender conseguir una pesada crónica, o reportaje biográfico poco atractivo para todo aquel que sea profano en la materia -para eso ya está la inmensa web mundial- , yo me limitaré a apuntar que… sus sonidos y sus poemas han tenido el admirable don de cautivar mis sentidos desde sus comienzos.
De nombre original tomado del mundo de Tolkien, a base de metáforas y de diálogo entre instrumentos, estos cinco músicos describen, generalmente durante largos minutos y en cd`s cuasi-monográficos, novedosas formas de sentir sobre todas aquellas escenas, vivencias y sentimientos que puedan tocar de lleno lo más hondo del alma. En un cóctel magistral, siempre logran combinar la calma con la energía; el gozo con la frustración, el color con la oscuridad… todo aquello que, desde la exigencia (a veces tan cansina y tiquismiquis) que me caracteriza, siempre he pedido a toda banda sonora antes de incluirla en mi greyteca mental.
Desde 1997 soy fiel a sus visitas a Madrid… Sin llevar hecho un esquema previo de lo que espero, en cada actuación descubro detalles nuevos. Yo no creo que el secreto de su madurez artística esté en ser una banda que reinventa continuamente el rock sinfónico para la era contemporánea pero, con su ingrediente especial, la pasión en cada nota y cada acorde, consiguen que la música no tenga edad, porque los sentidos y el espíritu, de hecho, si se dejan fluir en la vida, nunca se quedan obsoletos. Es, tal vez, el secreto de toda una vida para no convertirla en una rutina: sentir generosamente. Su generosidad me ha mantenido, a lo largo de veintitantos años, sintiendo; observando mi propio interior arrastrado por los cabezales de una cassette, guiado a través de los surcos de un vinilo, o navegando por el reino de los bits a bordo de un mp3…
Tal vez el de esta noche ha sido un recital un tanto más accidentado de lo habitual, con problemas de sonido cada vez que un instrumento eléctrico pasaba por las manos del cantante Steve Hogarth: teclado, guitarra fucsia…; la tecnología se ha cebado con el pobre Hogarth; debe ser que el pobre hombre compró los servidores en la misma tienda que yo…
Aun así, no se ha visto nada empañado por todo ello su meritorio sentido de la interpretación, su maravillosa capacidad de vibrar y hacer vibrar en el fondo de las almas… el secreto, como digo, de toda una vida.
Un momento mágico de su actuación, ha sido el broche final de la misma; un tema de oro: “Neverland” El enlace que pongo del youtube es una interpretación de este tema en el año 2004 (¿cómo se ponen los videos directamente?) …Es la primera vez que pruebo; así que… veamos si sale o no:
“Neverland" es un canto a ese amor cercano a la pureza que se apodera de nosotros y al que, en estos tiempos de pop-hits de radiofórmula, raras veces se le dedica un verso. Ese amor sencillo, que se adentra, sin apenas darnos cuenta, en nuestra oscuridad…”when the darkness takes me over…invisible you come to me, quietly…” ; que nos alimenta nuestra vida: ”You provide the soul, the spark that drives me on;makes me something more than flesh and bone”…amor incondicional, auténtico, puro, infantil, que nos convierte en niños con alas y, como a Peter Pan, nos adentra en el país de nunca jamás, la tierra en la que quisiéramos permanecer para siempre; ese amor idealizado del que cada cosa que vemos lo evidencia “any fool can see your love inside me”… Ese pais que convierte en realidad nuestros más profundos anhelos de alcanzar un mundo feliz que vemos en los demás “I wanna be someone… who someone would want to be”.
Es también un canto de añoranza, sabiendo que ese mundo puro y verdadero que al fin descubrimos ante nuestros ojos “All these years… Truth In front of my eyes while I denied what my heart knows was right”, puede desaparecer pronto, cuando nuestra wendy haya tenido que “hacerse mayor” y alejarse del país de nunca jamás ” But when you're gone, I’ll never land in Neverland” un amor profundo que pone en evidencia la contradicción del ser humano; ese mismo amor hacia ella hace que ese Petar Pan de nuestro corazón… quiera escapar de ese tierra en la que “wendy darling" amasaba sus sueños “in the kitchen ot your dreams”, y en la que ya no se ve capaz de aterrizar.
Un bello canto en el que Steve Hogarth ríe, llora y vuela sobre el escenario como un Peter Pan el que cupido ha tocado profundamente en su alma. Musicalmente, impecable, al más puro estilo marillion, sin contundencia pero con esa atmósfera envolvente cargada de dramatismo que les caracteriza; en junio de 2004 presencié la actuación junto a unos amigos músicos que no conocían aún el tema y… cuando marillion interpretó “neverland”, mis amigos no paraban de mirarse unos a otros con gestos de admiración…
Los sonidos, la pasión , el alma: El secreto de toda una vida… un rincón secreto, también, de mi vida.
las mil cosas que aquí leas o veas, quizás ya las habías conocido. Sólo te invito a este pequeño teatro para que presencies cómo yo las voy descubriendo bajo una luz que enama de nuestras almas, fuera del espectro visible...